Jugar es una palabrota
Montones de mantequilla
28.02.2026 . 28.03.2026
Jugar es una palabrota marca un desplazamiento en la práctica de Montones de Mantequilla hacia la fragmentación del pincel. Se convierte en materia de un desmontaje físico y discursivo. Cada “pieza”(entendiendo pieza como fracción) se sitúa en el cruce de dos operaciones inseparables: fragmentar el objeto y fragmentar el uso del lenguaje que lo sostiene como símbolo del pintar. Fragmentos que forman parte de un todo.
¿Qué hacemos con un pincel roto o destartalado? Imitamos formas del arte. “La imitación, tal como la practican los no-artistas, puede ser un modo de acercarse al juego desde una perspectiva moderna pero trascendente que, al ser intelectual —o mejor, inteligente— podría ser disfrutada por adultos temerosos de parecer infantiles” (Allan Kaprow, La educación del des-artista, p. 49). Recuperamos esa imitación y la dirigimos hacia el propio lenguaje institucional del arte: la pieza se llama pieza, literalmente, y esa literalidad basta para desactivar su solemnidad desde dentro. Lúdico, pero no ingenuo.
Montones de mantequilla
Un proyecto de Adela Angulo Portugal y Sofía Briales
Montones de mantequilla es una conversación. Una conversación sostenida en el tiempo entre dos amigas, dos pintoras, dos compañeras de estudio. Nace desde la práctica artística, y en particular desde la pintura, y se despliega entre lo crítico, lo irónico incluso lo afectivo. Es, en esencia, un espacio compartido de pensamiento donde el trabajo se pone en común y se cuestiona.
La pintura ha sido tradicionalmente entendida como una práctica profundamente solitaria. Agnes Martin afirmaba que no se puede ser artista sin saber estar solo: en ese estado uno está “afectado por todo y responde al cien por cien”. Sin embargo, en este proyecto nos interesa matizar esa idea: no se trata solo de estar solo, sino de estar solo sin estar abandonado.
En ese sentido, resulta fundamental la relación entre Sol LeWitt y Eva Hesse, quienes, a través de sus cartas, construyeron un espacio de acompañamiento mutuo. En ellas compartían dudas, intuiciones, frustraciones y también banalidades. Se sostenían el uno al otro mientras desarrollaban prácticas que acabarían tomando direcciones distintas, incluso opuestas. Ese intercambio (esa red de apoyo) es lo que entendemos como no estar abandonado.
Montones de mantequilla se sitúa precisamente en ese lugar intermedio: entre la soledad necesaria para la práctica artística y la compañía que permite sostenerla. Es un proyecto que parte de dos prácticas individuales (la pintura) para convertirse en un espacio compartido donde se redistribuyen los pesos, se alivian las cargas y se abren posibilidades que, en solitario, quizás no aparecerían.
Compartir un estudio implica también compartir tiempos muertos, pausas, conversaciones informales. Es en esos momentos donde surge este proyecto: en la deriva de una charla continua sobre el trabajo. Una conversación larga, inacabada, como la propia práctica artística. Una conversación que no busca cerrarse, sino expandirse.
En este contexto, aparece también la dimensión lúdica. La pintura, por su propia carga histórica y simbólica, tiende a volverse un campo serio, incluso rígido. Frente a ello, este proyecto propone un desplazamiento hacia el juego. No desde la banalización, sino desde el afecto y el cuidado hacia el medio. Divertirse se convierte aquí en una forma de resistencia y de apertura.
Formalmente, el proyecto se articula en torno a la herramienta por excelencia de la pintura: el pincel. Entendido en su sentido más clásico, el pincel es tomado como objeto de investigación para ser retorcido y ser resignificado. Nos interesa otorgarle nuevas formas que, en ocasiones, lo vuelven inútil o estático. También nos interesa convertir en flácida una herramienta asociada históricamente a la rigidez, la firmeza e incluso a cierta idea de erección o autoridad. Al intervenir sobre la herramienta, se cuestionan también las lógicas que sostienen la práctica pictórica.
Iniciado en 2023 por Adela Angulo Portugal y Sofía Briales en el contexto de la Facultad de Bellas Artes de Cuenca, Montones de mantequilla se configura como una investigación conjunta que emerge del trabajo compartido. Más que un resultado cerrado, el proyecto es un proceso: una conversación continua que se despliega en el tiempo.
El título proviene de un fragmento de Agua y jabón de Marta D. Riezu: en un comedor de club privado, dos ancianas, enjoyadas y diminutas, llaman a su camarero —“Emilio”— para reclamar, con total determinación, “montones de mantequilla”. Nos interesa esa escena por su mezcla de precisión y exceso, de humor y autoridad. Una demanda concreta pero desmedida, que insiste hasta imponerse. Montones de mantequilla opera desde ese mismo lugar: una acumulación, una repetición y una conversación que, sin cerrarse, sigue pidiendo más.